DE CÓMO PASÉ DE SER ROCKERA A SER… KPOPERA

No fue mi culpa. Fue la de Deadpool.

Alejandra Estrada

Mis recuerdos del rock se remontan a cuando tenía cinco años. Mi tío —adolescente en ese entonces— me llevaba a casa de unos primos suyos a escuchar música, donde los acetatos de Metallica, Iron Maiden y otras bandas eran los protagonistas. Recuerdo los discos en el suelo, el tocadiscos, la chaqueta de cuero y la pinta de rebelde de mi tío, a quien admiraba muchísimo —y sigo admirando, ahora como padre de familia. No es de sorprender que de él adquiriera el gusto.

Con el paso del tiempo, y gracias a la revolución del cable y posteriormente del internet, conocí otros grupos musicales durante mi adolescencia, así como otros géneros y subgéneros del rock y bandas que ya se consideraban clásicas. La razón del porqué sentía afinidad era porque las sentía como mi lugar seguro, letras con las que me sentía identificada y con las cuales podía expresar mis sentimientos de adolescencia. Reía, brincaba, bailaba y lloraba con canciones que convertí en mis himnos.

Empezaba a surgir en mí la convicción de que ningún género musical podría superar al que tanto admiraba. Repetía el pensamiento —con la soberbia musical propia de quien cree haber descubierto la verdad absoluta— de que géneros como el pop, el reguetón y las rancheras no les llegaban a los talones al rock y que, sencillamente, no eran música que mereciera ser escuchada.

Aunque, en el fondo, muchos representantes de esos géneros aparecían en mi playlist del iPod, bien escondidos, pero presentes.

También desarrollé un gusto por el anime, el manga y los cómics. Era una rockera, gamer, una geek y ratón de biblioteca. No era de extrañar, entonces, que cuando se estrenó Deadpool & Wolverine, un video llamara mi atención: ocho hombres vestidos de rojo y negro cantaban y bailaban una coreografía ordenada, mientras Ryan Reynolds y Hugh Jackman presentaban las noticias. Al final Deadpool les pregunta si puede unirse a su boyband siendo un miembro algo viejo, a lo que dicen serios que no.

Pensé: “coreanos”. Y torcí los ojos.

El K-pop era casi un tabú para quienes decían que les gustaba. Apenas conocía un par de grupos de hombres -Shinee y Bigbang- y uno de mujeres -Black Pink-, y los sentía tan contrarios a mi género musical preferido que prácticamente salían por completo de mi radar. Pero con aquel video algo cambió.

Había un joven de cabello largo y gris, con camisa blanca. Parecía un personaje salido de Final Fantasy VII —Sephiroth, para ser más exactos— y tenía una voz ronca que contrastaba de una manera casi absurda con su rostro andrógino. Ese hombre era Felix, integrante del grupo Stray Kids, y mi primera impresión fue bastante sencilla: “Ah, el chico malo del grupo”.

La canción era pegajosa: Chk Chk Boom.

La repetí un par de veces más y ahí quedó, archivada en algún rincón de mi cabeza, hasta que vi la película. Entonces me percaté de que, en realidad, la canción donde aparecían ambos actores no salía en ninguna escena. Busqué en el soundtrack de la película y apareció el título SLASH. Sin embargo, la canción que había escuchado solo no estaba.

Me fui a Spotify a buscarla y, como suele ocurrir con cualquier buen rabbit hole, terminé abriendo los ojos a un nuevo género musical que, para mi propia sorpresa, me atrapó.

Para empezar, yo describiría a Stray Kids con un género que no existe: malataste. Es decir, música fuerte, picante, que deja sabor y, sobre todo, ganas de seguir escuchando. Con el tiempo entendí que precisamente esa mezcla era parte de lo que los hacía diferentes para mí. No tienen un sonido completamente uniforme: pueden pasar del rock a la electrónica, del hip-hop al pop, de una balada a una canción agresiva y experimental sin que parezca que están obligados a permanecer dentro de una sola etiqueta.

Y quizá ahí estaba mi verdadero problema con el K-pop: yo esperaba encontrar un género musical cuando, en realidad, había encontrado una forma distinta de entender la música.

Al ser coreano, no entendía nada de lo que estaban cantando. Bien podían estar mentándome la madre, diría mi papá, que no lo entendería de todos modos. Algunas canciones tenían fragmentos en inglés —y unas pocas, incluso en español—, así que poco a poco empecé a entender qué estaban diciendo.

Podían pasar de God’s Menu, cantando sobre comida, ingredientes y servir al comensal —una de sus canciones más populares—, a temas mucho más complejos como EX, una canción sobre el rompimiento de una pareja en la que quien canta reconoce que fue el responsable. Cantan sobre cómo van creciendo, cómo alcanzan sus metas y cómo llegan a un punto de sus vidas en el que el peso de la fama comienza a abrumarlos. Y una de mis favoritas habla de los sacrificios de la juventud para lograr las metas y de todo lo que vamos dejando en el camino.

Al igual que con el rock, empecé a sentirme identificada.

Ese rabbit hole se convirtió entonces en investigar el background de los integrantes. Uno de ellos, Bang Chan, el líder y mayor del grupo, había dejado Australia a los trece años para convertirse en idol. Pasó años entrenando en Corea antes de debutar y, con el tiempo, muchas de sus experiencias terminaron transformándose en música.

Fue entonces cuando entendí que detrás de las canciones había historias.

El K-pop ofrecía no solo escuchar una canción, sino conocer los antecedentes de la misma: quién la había escrito, por qué la había escrito y qué experiencias personales podían haberla inspirado. De pronto, la canción dejaba de ser solamente una melodía y se convertía en una historia. Y conocer esa historia permitía conectar con los sentimientos de quien la escribía y empatizar con ellos.

Fue así como me convertí en STAY —nombre que reciben las fans del grupo, como los Swifties de Taylor Swift o las Blinks de Black Pink—.

Ya no era solo escuchar sus canciones. Era conocer a cada integrante, quienes mostraban aspectos de sus vidas como libros abiertos, y descubrir cómo esas vivencias se transformaban en canciones. Ahí me tenían entonces pensando: “¿Quién les habrá roto el corazón? ¿Quién motivó que cantaran un tema tan romántico?”.

Algo que también me llamó la atención fue el proceso de composición. Una característica particular de Stray Kids es que muchos de sus temas son escritos y producidos por los propios integrantes, especialmente por 3RACHA, el equipo creativo formado por Bang Chan, Changbin y Han. No son solamente intérpretes que reciben canciones escritas por otros: participan activamente en la creación de aquello que finalmente escuchamos.

También existen colaboraciones musicales con otros compositores y productores, como Versachoi o Tablo, así como colaboraciones vocales con otros artistas. Una de ellas es LiSA —sí, LiSA, la cantante japonesa conocida por sus canciones para varios animes—, quien colaboró con Felix en ReawakeR, el opening de la segunda temporada de Solo Leveling.

Para alguien que había llegado al K-pop cargando una historia de rock, anime, manga y cómics, aquello parecía casi una conspiración musical.

Y ahí descubrí otra cosa que no esperaba encontrar cuando, años atrás, había decidido que el K-pop no era para mí: detrás de cada canción podía existir una historia; detrás de la historia había una persona; y detrás de esa persona, experiencias que yo podía reconocer en las mías.

Tal vez por eso terminé quedándome.

Porque, además, la música que componen también tiene elementos propios de la cultura coreana. Eso lo aprendí de coreanos en TikTok que desmenuzan las canciones y explican cómo aquello que para nosotros puede ser simplemente un ritmo o un sonido, para ellos puede representar el reconocimiento de sus raíces, su historia y su identidad.

La canción Divine incluye sonidos inspirados en instrumentos musicales coreanos que se incorporan incluso a las partes vocales del coro. Thunderous, por su parte, utiliza sonidos de tambores y elementos de la música tradicional coreana. Mantener su identidad cultural y, al mismo tiempo, transmitirla a través de una música contemporánea me hizo cuestionarme también sobre la cultura de mi propio país. Pero ese será tema para otro ensayo.

También descubrí que pueden hacer música a partir de referencias que jamás habría imaginado. MOUNTAINS, por ejemplo, incorpora el ritmo de Choncc, un personaje de Teamfight Tactics. Las canciones pueden venir de cualquier lado: de un género musical, de un instrumento tradicional, de un videojuego, de una experiencia personal o incluso de una historia que alguien lleva años guardando. Y eso me sorprende todavía más.

Poco a poco fui compartiendo la música de Stray Kids en mis redes sociales. Gracias a ellos conocí amigas con quienes terminamos formando un grupo de STAY guatemaltecas. También descubrí que muchas rockeras coincidimos en que nos gusta Stray Kids y, pensándolo bien, tiene bastante sentido: después de todo, la mezcla de géneros, las guitarras, la experimentación y esa tendencia a no quedarse dentro de una sola etiqueta no son precisamente ajenas al rock.

Conecté todavía más con mi prima pequeña —la hija de aquel tío rockero que me enseñó a escuchar Metallica e Iron Maiden— y, sorpresivamente, terminamos viajando juntas a Brasil para ver a Stray Kids. Algo que nunca había hecho antes por ningún grupo de rock.

He viajado, conocido personas, interactuado con coreanos, leído literatura coreana, empezado a disfrutar los K-dramas y descubierto la gastronomía de un país que antes apenas existía para mí como una referencia lejana. Y quizá, algún día, termine viajando a Corea del Sur por el simple gusto de hacerlo.

Todo gracias a un video de TikTok.

Un video que pude haber pasado de largo.

Un video ante el que, en lugar de pensar “eso no es música para mí”, decidí dejarme llevar.

Y quizá esa sea la verdadera lección que me dejó convertirme en STAY. No tuve que dejar de ser rockera. No tuve que renunciar a Metallica, Iron Maiden, al anime, al manga, a los cómics ni a todo aquello que había formado mi identidad durante tantos años. Simplemente descubrí que mi mundo podía ser más grande.

Durante años pensé que tener gustos musicales definidos significaba saber qué música me gustaba y cuál no. Ahora creo que significa exactamente lo contrario: tener la libertad de descubrir que aquello que creíamos que no nos gustaría puede terminar sorprendiéndonos.

Porque detrás de una canción puede haber un género que nunca habíamos escuchado, una historia que nunca habíamos conocido, una cultura que nunca habíamos explorado, una persona que nunca habríamos encontrado o incluso un viaje que jamás habríamos imaginado hacer.

A veces basta con dejar de juzgar lo que estamos viendo y escuchar.

Y entonces descubrimos que hay muchos más mundos de los que caben en nuestra playlist.

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