EL ARTE DE QUEDARSE

¿Cuándo dejamos de escuchar álbumes?

Karen Sandoval

Siempre me ha gustado mucho la música. También tengo un gusto particular por los objetos vintage, así que durante mucho tiempo tuve un tocadiscos en mi lista de cosas por comprar.

Hace algunos meses finalmente decidí comprarlo y, casi sin darme cuenta, me adentré en un mundo mucho más complejo de lo que imaginaba: el de los coleccionistas de vinilos. Descubrí que es sorprendentemente fácil tomarle gusto a coleccionarlos. Cada disco tiene algo que contar incluso antes de colocarlo sobre el tocadiscos: la portada, el diseño, el año, el desgaste de la funda y las canciones que contiene.

Pero hubo uno en particular que me regalaron, sin saber que terminaría despertando en mí emociones profundas y, sobre todo, una pregunta que no esperaba hacerme. Es Abbey Road, un álbum que me parece una obra de arte completa.

Escucharlo es atravesar un paisaje emocional, del misterio a la ternura, de la risa a la vulnerabilidad, de la obsesión a la liberación, de la contemplación a la euforia. Hay momentos que parecen cinematográficos y otros profundamente íntimos. Quizá por eso siento que este álbum contiene algo profundamente humano: no intenta hacernos sentir una sola cosa, sino llevarnos de una emoción a otra.

Aún recuerdo la primera vez que lo escuché en el tocadiscos, el sonido de la aguja al tocar el vinilo y cómo la manzana giraba mientras el disco se reproducía. Escuchar se convirtió en una experiencia sensorial.

Durante unos minutos no hice nada más. No revisé mi teléfono, no cambié de canción, no busqué otra cosa que escuchar; simplemente esperé.

Sin embargo, mientras escuchaba el disco completo, algo me llamó la atención. Hacía muchos años que no escuchaba un álbum de principio a fin.

¿En qué momento dejamos de hacerlo?

No me refiero a cuándo dejamos de comprar discos. Me refiero a cuándo dejamos de sentarnos frente a una obra musical y escucharla completa, incluso cuando alguna canción no nos gusta demasiado, incluso cuando todavía no sabemos qué viene después.

Nuestra relación con la música también cambió con la tecnología. Pasamos del vinilo al CD, del CD al MP3 y del MP3 al streaming. Después llegaron las playlists, las recomendaciones algorítmicas y, finalmente, los fragmentos de canciones convertidos en protagonistas de videos de pocos segundos.

Cada transformación hizo que escuchar música fuera más fácil, más accesible y más inmediato. Y eso, en sí mismo, no tiene nada de malo. Al contrario, hoy podemos acceder a una cantidad de música que generaciones anteriores jamás habrían imaginado.

Pero la pregunta que me interesa es otra: ¿qué ocurre cuando la facilidad de acceso empieza a transformar también nuestra manera de escuchar?

Vivimos rodeados de productos diseñados para competir por nuestra atención. Una serie necesita atraparnos desde los primeros minutos o simplemente buscamos algo más que ver. Un video tiene segundos para evitar que deslicemos la pantalla. Un anuncio debe conseguir que nos detengamos. Incluso las aplicaciones aprenden qué nos interesa para ofrecernos más de aquello que ya sabemos que nos gusta.

Ahora bien, con la música, una canción también tiene que competir por nuestra atención. Si no nos atrapa rápidamente, la saltamos. Si una canción tarda demasiado en llegar a su estribillo, buscamos otra. Si un álbum contiene una canción que no nos gusta, simplemente la omitimos. Hemos adquirido la posibilidad de abandonar cualquier experiencia en segundos.

Quizá hemos llevado la lógica del mercado incluso al lugar donde antes íbamos para escapar de él: al arte.

El problema no es la tecnología. Tampoco creo que escuchar playlists sea una forma inferior de disfrutar la música. Yo misma las escucho y las organizo de acuerdo con mis gustos musicales. El problema aparece cuando empezamos a pensar que una obra de arte debe ofrecernos satisfacción inmediata para merecer nuestra atención.

Y aquí creo que Abbey Road tiene algo que enseñarnos. Cuando escucho el álbum completo, no puedo elegir qué emoción viene después. Después de la oscuridad y el peso de I Want You (She’s So Heavy) llega la luminosidad de Here Comes the Sun. Más adelante, las canciones del medley nos llevan hasta desembocar en The End. La experiencia depende de haber recorrido todo lo anterior. No podemos saltarla.

Si escuchara solamente Here Comes the Sun, seguiría escuchando una canción maravillosa, y en realidad es mi favorita. Pero escucharla después de I Want You hace que esa sensación de luz sea diferente; la hace aún más luminosa. El contexto también forma parte de la música. Se convierte en una historia que merece ser escuchada completa.

Un álbum no es necesariamente una colección de canciones; puede ser un recorrido para entender un concepto.

Una canción puede emocionarnos por sí misma, pero dentro de un álbum puede adquirir un significado distinto. Puede responder a la canción anterior, contrastar con ella o preparar el camino para la siguiente. Hay canciones que quizá no elegiríamos escuchar por sí solas, pero que necesitamos atravesar para comprender la obra completa.

Es parecido a leer una novela y decidir saltarnos todos los capítulos que no nos parecen interesantes para llegar únicamente al desenlace. Podríamos conocer parte de la historia y saber cómo termina, pero nos habríamos perdido el viaje. Me parece que quizá eso es lo que estamos haciendo con la música y posiblemente con las experiencias en nuestras vidas.

El algoritmo conoce nuestros gustos; el arte, en cambio, tiene una posibilidad que me parece un tesoro en esta época: sorprendernos.

Cuando una plataforma aprende qué canciones escuchamos y nos ofrece más de lo mismo, hace exactamente aquello para lo que fue diseñada: mantenernos consumiendo. Pero el arte no siempre debería darnos lo que esperamos. Pienso que suele darnos lo que necesitamos; a veces nos incomoda, nos aburre, nos desconcierta y nos saca de nuestra zona de confort.

Quizá por eso escuchar un álbum completo requiere algo que parecemos estar perdiendo: paciencia. Y quizá el problema no sea solamente lo que le hicimos a la música. Quizá la música está revelando lo que el consumismo nos está haciendo a nosotros.

Nos hemos acostumbrado a elegir, descartar, reemplazar y pasar al siguiente estímulo. Lo hacemos con la música, pero también con películas, libros, noticias, conversaciones y, a veces, incluso con las personas.

Queremos experiencias que nos satisfagan inmediatamente, saber en pocos segundos si algo vale la pena. Queremos tener siempre disponible algo nuevo. Pero hay cosas que necesitan tiempo para revelarse, y un álbum me parece que es una de ellas.

Cuando terminé de escuchar Abbey Road, pensé que quizá no había comprado solamente un tocadiscos. Había comprado, sin saberlo, una pequeña máquina para recuperar algo que había olvidado: la capacidad de quedarme.

Tal vez el álbum no está muriendo. Tal vez lo que está desapareciendo es nuestra disposición a permanecer.

Quizá, en una época construida alrededor de la velocidad, escuchar un álbum completo sea un acto pequeño pero profundamente humano: sentarnos frente a una obra y decirle, por un momento: “No voy a pasar de largo”.

Una Voz en el Bolsillo

Esta es una revista dedicada a publicar ensayos, crónicas y relatos que inviten a la reflexión, la curiosidad y el diálogo. Cuando tengas media hora libre, aquí hay una historia esperándote.

Anterior
Anterior

EL PODER DEL K-POP

Siguiente
Siguiente

MÚSICA