O cómo evitar perder el mundo que ya tenemos
Alejandra Estrada
Hace unas semanas, durante la cumbre anual de Turning Point, la presidenta y CEO Erika Kirk planteó la posibilidad de un sistema de Household Voting, en el que el voto de cada familia sería ejercido por su «cabeza de hogar», retomando un modelo tradicional en el que el hombre representa políticamente al núcleo familiar. La propuesta fue respaldada por algunos grupos religiosos conservadores y despertó preocupación por el mensaje que transmite sobre el lugar de las mujeres en la vida pública.
Las reacciones no tardaron en aparecer. Mientras unos consideran que el debate ha sido exagerado y que una medida así sería inviable desde el punto de vista constitucional, otros la celebran con el argumento de que las mujeres deberían volver a un papel centrado en el hogar, el cuidado de los hijos y la dependencia económica del esposo. Más allá de la viabilidad de la propuesta, lo inquietante es que estas ideas vuelvan a plantearse públicamente y encuentren eco en pleno siglo XXI.
Siendo este un espacio cultural, en donde el tema es “La Ciudad: una perspectiva diversa de las calles que nos vieron crecer”, me pregunté si sería capaz de adherirme al tema y tratar de no involucrar cultura y política. La respuesta me llegó al terminar de pronunciar la pregunta: la primera es intentarlo; la segunda, no se puede. La cultura también es política. Con esa idea decidí revisar los libros de la pequeña biblioteca que tengo en casa. Así que, mientras escribo, releo pasajes de los libros elegidos, repitiéndome a mí misma: lo que leemos es una advertencia, no un tutorial.
Calma, ya llego al punto entonces.
Cuando era pequeña leía comics y revistas de la época de la posguerra en mi país. Mis papás decían que no eran lecturas para niños, que debían protegerme y mantenerme al margen. Sin embargo, era inevitable que la visión de mis padres pasara a la siguiente generación, así que además de terca también sentí la imperiosa necesidad de pronunciarme en contra de las injusticias. Fue entonces que cuando llegó a mis manos “Persépolis” de Marjane Satrapi, no pude sino sentir cierta afinidad con la protagonista, es decir, la escritora. Este libro relata la mirada de una niña en el cambio de la Revolución Islámica, desde la imposición del velo, las protestas, como su visión iba cambiando según lo que veía en televisión, en las calles cuando salía con sus padres a manifestarse, los familiares y amigos que participaban en la revolución, como su madre salió en la portada de una revista manifestándose y tuvo que esconderse para no ser identificada, como las vivencias e incluso los juegos iban cambiando de “vamos a proteger al rey” a “si estas en contra te vamos a torturar”. Supo de como esas personas que conoció iban desapareciendo, yendo a prisión o solo siendo “desvividas”. Cuando Irak e Irán entraron en guerra, la desinformación y al final, la imposición religiosa donde perdía sus derechos más básicos. Quería ser más grande que Marie Curie, pero esa educación se le negaba. Bastó una guerra para que la mujer en Irán perdiera muchos derechos que estaban en su constitución.
Mientras leía, comprendí que Persépolis no hablaba únicamente de Irán. Hablaba de cualquier ciudad que, poco a poco, deja de parecerse a la que vio crecer a sus habitantes. La ciudad cambia cuando cambian sus calles, pero también cuando cambian las reglas que determinan quién puede caminar por ellas, estudiar, opinar, decidir o simplemente existir.
Marjane Satrapi falleció este año, pero dejó una de las advertencias más lúcidas sobre la fragilidad de los derechos. Persépolis no es únicamente la memoria de una niña iraní; es el recordatorio de que las libertades no desaparecen de un día para otro, sino poco a poco, hasta que una generación apenas recuerda que alguna vez existieron.
El siguiente libro que encontré me fue obsequiado, pero me había negado a leerlo hasta ahora porque si bien es cierto disfruto de la literatura de terror, este por sobre todo me espanta todavía más: El cuento de la criada de Margaret Atwood. Este libro que ha sido señalado en la actualidad como un “libro sedicioso”, prohibida su lectura y distribución, y que en la Feria Internacional del Libro en Guatemala fue -para mi sorpresa- uno de los primeros en agotarse.
En este libro se relata la historia de Offred, una mujer que vivía con su esposo e hija y que intentan huir porque Estados Unidos ha dejado de existir como democracia y ha sido reemplazado por la República de Gilead, un régimen teocrático que ha ido suprimiendo derechos de manera progresiva. En este libro Atwood -al igual que Satrapi- nos muestra a una mujer que, si bien no nació en un régimen sin derechos, ve cómo su ciudad y su país se transforman mientras los derechos desaparecen poco a poco, hasta que un día descubren que ya no pueden recuperar la vida que conocían.
Mientras leía comprendí que una ciudad no solo se transforma cuando derriban edificios o cambian sus nombres. También cambia cuando quienes crecieron en ella dejan de recorrer sus calles con la misma libertad. La ciudad de Marjane seguía siendo Teherán, pero ya no era la ciudad de su infancia. Las calles que antes eran escenario de juegos se llenaron de protestas, de miedo y de vigilancia; los espacios públicos dejaron de pertenecer por igual a todos sus habitantes.
Algo similar ocurre en El cuento de la criada. Antes de que existiera Gilead, Offred tenía una vida común: trabajaba, tenía una hija, caminaba por su ciudad, elegía qué leer y qué vestir. La ciudad no desapareció de un día para otro; fueron cambiando las reglas que determinaban quién podía trabajar, quién podía poseer dinero, quién podía decidir sobre su cuerpo y, finalmente, quién podía siquiera caminar sin vigilancia. Las calles seguían allí, pero ya no le pertenecían.
Tal vez por eso me inquietan discursos que proponen devolver a las mujeres un lugar exclusivamente doméstico. No porque crea que mañana despertaremos en Gilead, sino porque todas esas historias —Persépolis, El cuento de la criada y tantas otras— coinciden en algo: ninguna ciudad pierde la libertad de golpe. Primero cambian las palabras, luego las costumbres, después las leyes y, cuando queremos darnos cuenta, las calles que nos vieron crecer ya no nos reconocen de la misma manera. Las calles que nos vieron crecer no dejan de pertenecernos cuando cambia el pavimento, sino cuando cambian los derechos con los que las recorremos.
Cuando cierre los libros y vuelva a colocarlos en el estante, las noticias seguirán ahí. También seguirán las discusiones, los discursos que prometen devolvernos a un pasado idealizado y quienes insistan en que no hay motivos para preocuparse. Pero ahora estas páginas tienen otro significado. Comprender que las distopías nunca intentaron enseñarnos cómo construir un mundo; intentaron advertirnos cómo evitar perder el que ya tenemos. Estos libros son la enseñanza de lo que puede sucedernos, y como podemos prevenirlo o antecedernos a un escenario porque en libros ya ocurrió. Leer es un acto revolucionario. No lo perdamos tampoco.
Dedicado a las mujeres de mi vida, en especial a Camila Isabel. Que el mundo que te entreguemos te permita desarrollarte como la mujer que eres y desees ser.