DEL CAFECITO A LA PÁGINA

De dónde aprendemos a contar historias

Michelle Arzú

Entre los escritores, es una frase aceptada que “no existen nuevas historias, solo nuevas formas de contar las que ya conocemos”. Mucho se ha escrito sobre cómo interpretamos y reinterpretamos las mismas tramas, y cómo estas van influenciando a los nuevos autores. Que Hamlet y El rey león son básicamente la misma historia no es ningún secreto.

Así que por muchos años traje en la cabeza que todos somos influenciados por los grandes escritores del pasado, ya sea por los libros que leemos o las películas que vemos, o aun por la música que escuchamos. Todas son las mismas historias, pero con un “giro” que las hace originales.

Cual sería mi sorpresa cuando entendí, en una tarde mientras oía hablar a mi mamá con las vecinas, que realmente aprendí a contar historias de la mano de muchas tazas de café y una buena dosis de chismes del vecindario.

Aunque formalmente nunca recibieron clases sobre cómo estructurar una historia, pasar del primer acto al tercero, o cómo construir un villano versus un héroe, ellas entretejían tramas sobre el vecino, el primo, y los nuevos inquilinos sin mayor esfuerzo. Hábilmente creaban detalles cuando hacía falta, y exaltaban defectos o cualidades según el destinatario de las comidillas de mis vecinas.

Yo, que tengo una memoria de elefante, solía interrumpirlas para hacer aclaraciones, algo que claramente no era muy bien visto, así que poco a poco fui dejando esa molesta manía mía de corregir. “No dejes que la realidad arruine una buena historia” es la regla no hablada cuando las señoras se sientan a comer.

De mi mamá aprendí a hacer la introducción, presentar a los personajes, y guiar hacia el conflicto. Lo que nunca pude aprender es cómo terminar relatos, un hecho que cariñosamente le recuerdo cada vez que se va por las ramas de la historia en turno. Aterrizar los finales le es difícil. Yo, en frente de la página en blanco, tengo exactamente el mismo problema.

Ciertamente, escuchar a este círculo de amigas el contar las vidas, desgracias y milagros de la gente que conozco de mi barrio, me afinó el oído y me acostumbró al ritmo de un chisme bien contado. Esos que hacen que no vea a las personas de la misma manera después, para bien o para mal.

Es de no extrañarse entonces que, cuando me topo con alguien que no está versado en contar historias, me resalten las fricciones entre los titubeos, los personajes irrelevantes y las tramas contradictorias. Bien se aprende tanto de los ejemplos como de los errores.

Hilar una trama para una audiencia presente es todo un arte, más si como anfitriona es el deber sagrado el mantener una conversación amena, lo que obliga a terminar una historia y seguir con una nueva sin que el cambio sea tajante. Como Sherezade en Las mil y una noches, el punto de no dejar morir una conversación es mantener a quien escucha siempre enganchado.

Desde que era pequeña, estuve rodeada de historias recurrentes de la familia, las “clásicas” que podía repetir sin problema. Las apariciones y los espantos; el origen de las fortunas de las familias de alta alcurnia; del terremoto del ’76. Mezcladas con ellas venían las particularmente interesantes para mí, aquellas de los muchos años que pasó mi mamá en las Naciones Unidas, y del colorido repertorio de extranjeros que pasaron por nuestra mesa.

En mi casa, siempre se cuenta más de alguna de estas clásicas historias. Así que cuando un amigo se sentó una tarde a tomar el café con nosotras, hambrienta de oír nuevos relatos, le pregunté por las clásicas de su propia familia. Él, seriamente y un tanto confundido, me dijo que en su casa no había historias.

Hasta el día de hoy, no he superado que haya gente por el mundo que no se cuente historias.

A lo mejor es que no reconocen que lo que se cuentan el uno al otro son, sin duda, historias. Efímeras, sí, tal vez sin desenlace, tal vez sin mucha intriga, pero historias de igual modo.

Cuando una amiga que no veía en muchos años me resumió su vida en veinte minutos, me di contra la pared en tratar de encontrarle principio, medio y fin a los zigzagueantes cambios de cronología en la conversación. Estoy tan acostumbrada a oír historias de una forma, que es disonante cuando no vienen así.

Bien dicen que contar historias es de humanos. Yo diría que contar bien las historias es un don divino.

De regreso en la mesa de mi casa, las risas de mis vecinas llenan la conversación. Entre ellas hay quienes cuentan mejor una historia, aun si hay otras que tienen mejor “material”. El arte de conversar está lleno de subidas y bajadas emocionales, del uso de los tonos de voz, y el construir el misterio hasta llegar al esperado final.

Cuando me siento a escribir, no estoy consciente de todos estos detalles. No me suena en la cabeza las risas, ni me siento a ver a la pared deseando que alguien, de algún modo, me hubiera enseñado a finalizar las historias sin esfuerzo. A diferencia de mis libros, donde puedo decir inequívocamente cuáles fueron las fuentes de inspiración, jamás pensaría que fueron mis vecinas quienes me enseñaron a escribir.

Al final del día, la escritura como arte y profesión, con sus reglas y expectativas, tiene un camino definido, un aura intelectual. Pocos serían los escritores que admitirían que la señora de la tiendita fue su primera influencia real.

No, lo que estas personas en mi vida me enseñaron fue el amor a las historias en sí. No el amor al chisme—aunque bien que me entretiene—sino a darse el espacio y la dedicación de contar bien una historia, no importa si grande o pequeña, pero ciertamente de modo memorable. Es oírlas contar el mismo relato una y otra vez, aún si todos los pequeños detalles ya no son los mismo, pero que llega de igual manera al mismo sorprendente desenlace.

Es recordar que compartir es contarnos historias nuevas, viejas y clásicas, con el afán de conocernos, de recordarnos, de encontrarnos—todo lo que un buen escritor necesita en cada uno de sus relatos.

Qué mejor que aprenderlo entre risas y un cafecito en las manos.

Una Voz en el Bolsillo

Esta es una revista dedicada a publicar ensayos, crónicas y relatos que inviten a la reflexión, la curiosidad y el diálogo. Cuando tengas media hora libre, aquí hay una historia esperándote.

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