Cuando la experiencia desafía a la razón
Evelyn Arzú de Guise
El terror puede entenderse de muchas maneras. Para algunos, los fantasmas, lo sobrenatural o las historias de apariciones representan el mayor miedo; para otros, son solo ficción. La forma en que percibimos estas experiencias depende de cada persona. Este ensayo relata cómo algunas vivencias cambiaron mi manera de comprender lo desconocido.
Existen experiencias que desafían nuestra manera de comprender la realidad. Algunas personas buscan explicaciones en la ciencia; otras, en la fe; otras simplemente prefieren dejarlas sin respuesta.
Durante muchos años pertenecí a ese grupo. Pensaba que las historias sobre fantasmas y apariciones pertenecían únicamente al mundo de la imaginación. Sin embargo, diversas experiencias personales fueron transformando poco a poco mi escepticismo. No pretendo demostrar que exista una explicación sobrenatural para ellas, sino compartir cómo cambiaron mi manera de comprender aquello que aún no podemos explicar.
Desde pequeña crecí escuchando anécdotas, viendo películas y leyendo historias de miedo, apariciones, fantasmas o espíritus, como quieras llamarlos, pero nunca sabía del todo si creerlas o no. Me consideraba una persona bastante escéptica.
Entre las historias que escuchaba estaba una que mi abuelo contaba acerca de un encuentro que tuvo en un cementerio con un «amigo». Él no sabía que aquella persona ya había fallecido.
Según relataba, lo saludó e incluso lo abrazó. Tuvieron una breve charla, se despidieron y mi abuelo regresó a casa como si nada.
Más tarde llamó a la hermana de su amigo para comentarle el encuentro, y fue entonces cuando recibió la inesperada noticia: había hablado con alguien que ya había muerto.
Esa historia aún me impacta hasta el día de hoy y la recuerdo con mucho cariño porque mi abuelo ya no está.
He ido pocas veces a ese cementerio, pero cuando lo visito recuerdo esa historia. No puedo evitar ver a las personas que están por allí y preguntarme si serán reales o no. Debo ser sincera: un pequeño miedo me recorre. Luego prefiero elevar una pequeña oración por aquellas almas que puedan estar por allí, perdidas o sin encontrar su camino, y de alguna manera eso me da cierta tranquilidad.
¿Y qué significaban para mí todas esas historias? Durante mucho tiempo seguí siendo incrédula. Me fascinaban los relatos paranormales, pero aún pensaba que quizá todo tenía una explicación lógica. Esa postura comenzó a cambiar cuando las experiencias dejaron de ser ajenas y empezaron a ocurrirme a mí.
Hubo algunos pequeños incidentes cuando era niña, como cosas que, sin razón, se caían. Mi mamá solía decir que «alguien había llegado a despedirse» y, con el tiempo, nos enterábamos de la muerte de alguien cercano.
Pero estos incidentes continuaban causando esa pregunta: ¿existe el más allá? ¿No estamos solos o simplemente no podemos ver a nuestros seres queridos que ya partieron? ¿Adónde se fueron?
Con el paso del tiempo, esas preguntas nunca desaparecieron. El verdadero cambio llegó después de casarme, cuando comenzaron a suceder en nuestra casa una serie de incidentes extraños que continúan hasta el día de hoy.
Ahora esos sucesos ya no me provocan miedo; incluso, en ocasiones, logro verlos con humor y con la sensación de que, quizá, no estamos tan solos como creemos.
A veces mi esposo comenta escuchar voces o incluso ver «personas», por no decir «espíritus», dentro de la casa. Buscando un poco sobre la historia de estas tierras y del lugar donde vivimos, descubrimos que, muchos años atrás, había funcionado un pequeño cementerio perteneciente a una finca agrícola de la época en que aún existía la esclavitud. Incluso encontramos fotografías de aquella época, cuyo vestuario coincidía con el de las personas que mi esposo asegura haber visto en algunas ocasiones. Aquello no demostraba nada por sí solo, pero hizo que las experiencias que vivíamos cobraran un significado diferente para nosotros.
Sin embargo, hubo una experiencia que marcó un antes y un después en mi manera de entender estos sucesos, la cual me hizo pensar que los llamados fantasmas podían existir… y creo que, si no lo hubiera experimentado en carne propia, tal vez no lo creería todavía…
En casa tenemos la costumbre de no cerrar las puertas durante la noche. Cuando mi hijo era pequeño, de unos dos años, empecé a notar que la puerta de su cuarto amanecía cerrada. Además, pasó de ser un niño sonriente y alegre a estar llorón, malhumorado y temeroso. Me decía que algo iba a salir… Como todavía no se expresaba bien, yo no lograba entenderlo.
Incluso lo reprendía por cerrar la puerta, aunque él no entendía por qué. Por la noche también volvía a escuchar un sonido como si el control remoto de la televisión golpeara contra su mueble cambiador. El ruido me despertaba y, cansada de que la puerta apareciera cerrada y de escuchar aquel golpe durante tres noches consecutivas, decidí quedarme a dormir en su cuarto.
Esa noche dejé el control remoto sobre el mueble cambiador y me acosté a dormir al lado de mi hijo…
En ese momento escuché nuevamente el golpe del control y me levanté molesta.
Entonces vi a un niño pequeño en pijama… tomando el picaporte de la puerta, dispuesto a cerrarla…
El cuarto estaba iluminado únicamente por una pequeña luz de enchufe que dejábamos encendida durante la noche, por lo cual pude ver bien la silueta del niño…
¡Al ver al niño le pegué un grito de enojo, diciéndole que soltara la puerta y preguntándole por qué estaba tirando el control! En ese momento sentí moverse en la cama a mi hijo…
¡Cuál sería mi sorpresa al darme cuenta de que el niño al que acababa de regañar no era mi hijo!
Al voltear a la puerta, el «niño» había desaparecido…
Solo pude dar un salto de la cama, prender la luz y salir a despertar a mi esposo.
Al día siguiente, mi hijo regresó a ser el mismo niño sonriente y alegre de siempre… y dejó de escucharse el control golpeando el mueble… ¡Vaya susto que le habré dado al pequeño espíritu!
Pero esta experiencia me dejó más que asombro: me dejó con más preguntas sin respuesta y, sobre todo, con la incertidumbre de querer comprender por qué algunas personas pueden verlos, sentirlos o escucharlos y otras no…
Esa experiencia con ese «niño» ha sido inolvidable y, por más que la repaso en mi cabeza, no le encuentro una explicación lógica. Me sucedió a mí, pero aun así es una experiencia que desafía lo que consideraba posible. Creo que desde entonces dejé de sentir miedo y comencé a aceptar la posibilidad de que no estemos tan solos como creemos.
Mi esposo me ha comentado que, cuando nosotros no estábamos en casa, escuchaba que jugaban con los juguetes de mi hijo en su cuarto, pero no se atrevía a ver qué sucedía.
Este tipo de sucesos me recuerda la película The Others (Los otros), protagonizada por Nicole Kidman. Me sentí bastante identificada con ella y quiero pensar que, de alguna manera, compartimos el espacio con ellos. Quizá por eso hoy veo muchos de estos sucesos como simples bromas: me encienden la luz, prenden la televisión o se caen cosas.
A veces les pego un grito de «¡Ya basta!» o «¡Dejen de molestar!». En el caso de la televisión prendida: «Gracias, pero ahora no voy a ver nada».
No espero que quien lea estas líneas piense igual que yo. Cada persona interpretará estas experiencias desde sus propias creencias, su fe o su escepticismo. Lo único que puedo compartir es lo que viví y cómo esas experiencias transformaron mi manera de entender la realidad. Tal vez nunca sepamos qué ocurre realmente, pero sí pueden enseñarnos que no todo tiene una explicación inmediata y que, quizá, el mundo es mucho más amplio y misterioso de lo que alcanzamos a comprender.