¿Transformarse viajando?
Mayevi H. Galindo
Mi papá dice que viajar aporta más que ir a la universidad. No se refiere a lo académico sino más al crecimiento personal. ¿Por qué dice eso? En este ensayo quiero explorar esa idea ¿Será cierto que viajar cambia a las personas? ¿Las hace mejor en algo? ¿Qué repercusiones tiene en nuestra mente? Me ha sucedido que también algunas personas que conozco afirman que cuando están pasando por una situación emocionalmente difícil, viajar les ayuda. Como psicóloga no me gusta afirmar que viajar es una terapia en sí. Pero sí me gustaría empezar a verlo como una herramienta. Por eso quiero explorar qué sucede en la mente cuando viajas.
Comenzando con un poco de neurociencia.
Se ha estudiado que el cerebro humano biológicamente no tolera muy bien la innovación. Esto es por el gasto energético que implica enfrentarse a una situación desconocida que desencadena una respuesta evolutiva que nos pone en “modo alerta”. En otras palabras, de manera natural nuestro cerebro se resiste a los cambios. Pero eso no necesariamente es algo negativo porque el cerebro necesita de la novedad, la variedad y el desafío para estimularse notablemente gracias a la plasticidad neuronal. Esto sucede básicamente porque el cerebro se ve obligado a usar todas sus capacidades para mantenerse activo y podernos ayudar a sobrevivir a una situación nueva.
La neuroplasticidad es la habilidad del sistema nervioso de modificar nuestra corteza cerebral y eso es el aprendizaje. Lo nuevo, lo desafiante y lo retador son las formas con las que el cerebro aprende y consolida conocimientos. Hay tres elementos clave para crear nuevas conexiones cerebrales: la novedad, la variedad y el desafío.
Un viaje y un recuerdo
Al viajar nos volvemos más vulnerables porque perdemos la familiaridad. Al estar fuera de lo conocido nos sentimos más desprotegidos. Perdemos el control habitual de la vida y conectamos más con lo que sentimos emocionalmente. Es curioso porque a muchas personas les sucede que cuando vuelven de un viaje experimentan melancolía por lo vivido. La experiencia emocional y los recuerdos están conectados. De hecho, la emoción actúa como un fijador en la memoria. Los recuerdos de los viajes se vuelven más presentes en cuanto corresponden a esos momentos en los que las emociones fueron más intensas. Una emoción de tal magnitud hace que el cerebro se concentre más en los detalles.
Los estímulos sensitivos activan de forma directa el cerebro y las estructuras asociadas a las emociones. Los momentos alegres, tristes o atemorizantes se recuerdan con más frecuencia y claridad que los hechos de menor intensidad emocional. Cuando recordamos, tenemos la capacidad de reactivar en el presente cómo nos sentimos en el pasado.
El viaje como anestesia
Ahora quiero tocar un tema que es el por qué pienso que no podemos considerar el viajar como una terapia y es porque como exponía anteriormente entramos en modo novedad constante y nuestra atención se desvía a los nuevos estímulos. Si quitamos el foco de los temas cotidianos de la vida: nuestra salud, finanzas, relaciones interpersonales, etc., puedo estar de acuerdo en que eso es placentero. ¡Qué bien no tener que pensar en los problemas!¡Qué rico se siente alejarnos de la realidad! Pero tarde o temprano cualquier situación que hayamos puesto en pausa hay que retomarla y enfrentar eso que dejamos para después.
Si me preguntan, sí disfruto de viajar y también me duele mucho el regreso a la realidad. El viaje es como la anestesia, alivia aunque no es la cura. Más bien, muchas veces es la motivación para poder invertir mis energías, mi dinero y mi tiempo en mejorar mi vida y así disfrutar todavía más mis viajes. Pero esa es mi opinión. Entiendo que muchas personas apenas se sienten mal por algo se van de viaje. Pero no me gusta pensar que eso es lo mejor.
La clave es que al viajar nuestra atención se centra en las experiencias externas pero también es importante abordar nuestro interior y contemplar nuestro estado mental o emocional. Idealizar los viajes como una solución, solo porque nos hacen sentir bien, puede tener un riesgo de que nos volvamos dependientes de esa felicidad del bálsamo de viajar. Eso puede llevar a la frustración o al vacío porque la realidad cotidiana no alcanza a las expectativas que viajar nos da.
Usar los viajes para evadir responsabilidades puede tener el efecto contrario y aquí entra la paradoja a nivel mental: no se alivia el estrés, se aumenta y se genera desconexión interna.
¿Viajar es vivir?
Con la actual sobreexposición a las redes sociales es bastante fácil ver a las otras personas en sus viajes. El algoritmo nos empieza a llevar por ofertas de turismo, lugares recomendados “¿Qué hacer y qué no hacer en X Ciudad?”, y empezamos a asociar los viajes con felicidad, con éxito, con lujo y con la vida misma. “Viajar es vivir”, lo hemos escuchado. Pero va más allá de una frase bonita. Poco a poco podemos interiorizarlo como un mandato: viajar para ser feliz, viajar para sentir que vives, viajar para mostrarte al mundo como alguien con éxito.
Hay dos términos que se relacionan a esta exigencia de viajar: la “notriphobia” o el miedo a no viajar, o a no tener viajes reservados. El otro es: “FOMO”, el miedo o la ansiedad de perdernos de algo. Este término puede ser aplicado a diferentes experiencias incluyendo los viajes, porque asociamos que el no viajar equivale a no estar disfrutando de la vida. Esto se explica porque nuestra forma de ver y entender la vida se distorsiona de forma constante. Incluso cuando sí estamos viajando puede ocurrir que ese viaje no cumpla con las expectativas que idealizamos a partir de fotografías, videos, reseñas, etc. No vemos ni mostramos ese detrás de cámara de los viajes. Por eso pienso que cuando se viaja solo para mostrar, para encajar, para no tener FOMO en realidad no estamos viviendo, estamos fingiendo.
Viajar tiene muchas ventajas y efectos positivos en la mente humana, si lo hacemos por el disfrute personal. Eso no significa que deba ser una actividad obligatoria, un requisito social, una excusa para llenar la galería de fotos y videos. Para viajar también se necesita coherencia. Puedes viajar para encontrarte o viajar por vistas. Puedes viajar para generar recuerdos que llenen tu vida o para escapar de ella. Pero existen diferencias.
Mi conclusión es que sí, viajar puede llegar a cambiar a las personas pero no siempre es para bien, dependerá inicialmente desde el sentir y la intención con la que se viaja. Viajar puede ayudarte a reflexionar, a cambiar de ambiente, a abrir tu mente y aprender y para eso no necesitas llenar tus redes sociales de imágenes de paisajes, o de turismo autoexigente. Escúchate. Valida si de verdad deseas viajar o no. Si quieres viajar ¡excelente! Disfruta. Pero no lo hagas por presión y no lo conviertas en un mal hábito.