NO TODO ES LO QUE PARECE

Donde se aprende a no confiar en todo lo que se ve

Alejandra Estrada

Mi primera visión del mundo comenzó a los tres años.

Por entonces coincidieron varios cambios: la llegada de mi hermanito a casa, el inicio del preescolar, las tardes bajo el cuidado de mi abuelita y todas las modificaciones de rutina que aquello implicaba.

Vivíamos en una casa cuya parte trasera daba a un bosquecillo, así que la presencia de bichos era constante. Mamá se quejaba de los zancudos, las arañas, las cucarachas y las moscas que aparecían dentro de la casa. Afuera también había unos gusanos negros y peludos que me parecían fascinantes. Decían que tocarlos podía producirte fiebre, incluso que podían matarte.

Encontrarse con uno era motivo de alarma.

Mucho más cuando comencé a verlos dentro de la casa.

Los veía desplazarse por el suelo a una velocidad vertiginosa. Corría a avisarle a mamá, pero cuando ella iba a buscarlos no encontraba nada. Supuso que eran imaginaciones de una niña pequeña. Con el tiempo dejé de decírselo, no quería que pensaran que era mentirosa.

Al ir creciendo, ya no eran solo bichos negros los que observaba. Sombras cruzaban las ventanas, recorrían las paredes o pasaban corriendo por un costado de mi campo visual. Al principio me asustaban. Después dejaron de parecerme extrañas y, con el tiempo, comenzaron a resultarme familiares. De vez en cuando alguna conseguía tomarme por sorpresa.

En casa encontraban explicaciones perfectamente razonables: quizá había girado la cabeza demasiado rápido; quizá alguna luz había proyectado una sombra; quizá había confundido un objeto.

Todo normal.

Las sombras siguieron apareciendo, pero a veces tomaban formas humanoides, con rostros, ropas y rasgos particulares. Dejé de prestarles atención pensando eran mi imaginación. Trataba de darles explicaciones más racionales -como a casi todo lo que hago en mi día a día-, sin pensar en cosas sobrenaturales o espirituales. Además, estudiaba en un colegio católico. Allí circulaban historias sobre personas poseídas, gente que veía cosas, acontecimientos sobrenaturales y toda clase de desgracias derivadas de meterse donde uno no debía.

Así que no. No pensaba arriesgarme a preguntarle a ninguna posible aparición: —¿Todo bien por ahí? ¿Mucho frío?

Primero, porque no quería abrir ninguna puerta.

Segundo, porque me aterraba que alguien respondiera.

Había visto la serie Medium. Sabía cómo terminaban esas cosas.

Durante la adolescencia y la adultez, las sombras se hicieron más frecuentes. Empecé a tener pesadillas de forma recurrente, que al inicio me hacían llorar al despertar pero después decidí manejarlas y empezar a disfrutarlas. No iba a dejar que trastocara mi mente así que las escribía y me enojaba cuando las olvidaba.

También atravesé episodios depresivos. —algo que comprendería y discutiría mucho después en terapia—En aquel momento no estaban diagnosticados. Me avergonzaba hablar de ellos con mis papás, incluso teniendo abierta esa puerta de confianza con ellos.

Con el tiempo se convirtieron en una depresión crónica. Aprendí a vivir con ella y, sobre todo, aprendí a ocultarla.

Frente a mi familia, mis amigos y mis conocidos construí una versión de mí que parecía exactamente lo contrario. Una versión funcional, tranquila, capaz de seguir adelante sin que nadie sospechara demasiado.

Se me daba bastante bien… Pero las sombras seguían ahí.

El tiempo transcurría y estas dejaron de ser amigables. Los rostros desconocidos comenzaron a tener miradas hostiles. Las veía a un lado del camino mientras manejaba; en el hospital, al final de los pasillos. A esas alturas había perfeccionado mi estrategia: no prestarles atención. Ignorarlas era mi pasión.

Hasta que una de ellas adquirió una forma conocida.

Me asustó verle. Lo veía triste, delgado, con el cabello desarreglado. Había algo profundamente perturbador en reconocer aquel rostro. ¿Cómo podía estar viéndolo si, hasta donde yo sabía, seguía vivo? Con el tiempo la sospecha de algo funesto se hizo real: él había muerto meses atrás.

Quise consultar con un psiquiatra, pero llevaba tantos años conviviendo con aquello que había aprendido a incorporarlo a mi normalidad. Así que las sombras continuaron y yo continué ignorándolas.

Ese patrón siguió hasta el día en que murió mi mamá.

La distimia dio paso a una depresión agudizada. Llegué incluso a tener ideas suicidas, las sombras persistieron. Ahora aparecían en todas partes, saltaron de las paredes a los espejos. En la noche le daba la espalda al espejo para evitar verlas al apagar la luz.

Una noche me quedé a dormir en casa de unos familiares, volvieron a presentarse en sueños. Esta vez mostraban imágenes de cómo había sido aquella casa anteriormente. Cuando comenté lo que había soñado, un familiar se sorprendió: la casa, en efecto, había sido remodelada y algunos de los detalles que describí correspondían a su aspecto previo.

No tenía una explicación para eso. Tampoco iba a inventarme una.

Pero ya había llegado el momento de ponerle un alto.

La frecuencia de aquellas imágenes había aumentado gradualmente hasta alcanzar un límite. Yo seguía intentando responderles desde la razón, pero mis respuestas empezaban a resultar insuficientes.

En medio de todo cabía otra posibilidad: ¿Si había algo más?

Antes del fallecimiento de mamá me habían realizado una serie de estudios que no habían mostrado una causa que explicara lo que veía.

Me estaba quedando sin lugares racionales donde refugiarme y eso era lo que más miedo me daba.

Entonces vino la terapia.

Siempre he creído que la terapia es importante, que forma parte del cuidado de la salud mental acudir a ella no debería ser motivo de vergüenza ni de tabú. Todo eso lo tenía perfectamente claro. En teoría.

En la práctica me encontré con una pared bastante más difícil de atravesar: yo misma. No entendía por qué necesitaba terapia. Yo era racional.

Mi psicóloga tuvo mucha paciencia conmigo. No intentó convencerme de abandonar esa forma de pensar. Tampoco convirtió nuestras sesiones en una discusión sobre religión, espiritualidad o sobre si aquello que veía era o no real. Hizo algo mucho más útil.

Me explicó que necesitaba herramientas para poder seguir siendo racional cuando mis propias emociones ya no me permitían hacerlo.

Eso sí tenía sentido para mí. Así que continué.

Mientras todo eso ocurría, mientras ella trataba la mente, las sombras comenzaron a desaparecer.

Convencida de haber mejorado dejé de asistir a terapia, no porque hubiera decidido que ya no la necesitaba, sino porque tenía las herramientas y había aprendido a utilizarlas. Por primera vez en mucho tiempo me sentía tranquila.

Me gustaría decir que esto tiene un final feliz.

Que las sombras dejaron definitivamente de acechar desde los rincones, que la sensación de una mano fría tocando mi hombro por las noches no es real.

Tampoco lo son los ojos que algunas madrugadas encuentro frente a los míos cuando los abro. Que los bichos dejaron de frecuentar la casa nueva donde vivo.

Quisiera decir que todo tiene una explicación racional, aquello que veo existe y puedo confiar en mis propios ojos.

Pero no sería del todo cierto. Todavía hay cosas, que miro.

Hay experiencias que todavía no sé explicar. Puedo construir hipótesis racionales para ellas. Podría elegir explicaciones sobrenaturales, pero afirmar cualquiera de las dos como una certeza sería hacer exactamente aquello que durante años intenté evitar.

Ser racional no significa tener una explicación para absolutamente todo.

Durante años pensé que el problema eran las sombras, luego que el problema era no saber de dónde provenían.

Ahora, creo que lo verdaderamente inquietante es algo mucho más sencillo: descubrir que aquello que vemos con absoluta claridad no necesariamente está ahí.

Algunas noches despierto.

Siento una mano fría sobre mi hombro. Hay ojos mirándome desde la oscuridad. Y ahora susurran en mi oído sonidos que no puedo descifrar.

Pero ahora sé algo que antes no sabía: no necesito averiguarlo a las tres de la mañana.

Vuelvo a dormir.

Una Voz en el Bolsillo

Esta es una revista dedicada a publicar ensayos, crónicas y relatos que inviten a la reflexión, la curiosidad y el diálogo. Cuando tengas media hora libre, aquí hay una historia esperándote.

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