EL MIEDO DE NO SABER

Las conspiraciones que nos dividen

Michelle Arzú

De todos los miedos que me cruzaron la mente durante la pandemia—a la enfermedad, a quedarme sin empleo, a perder un ser querido—el que menos vi venir, pero el que más atropelló mi vida fue la desinformación. Las teorías de conspiración. Las claras mentiras que se vendían a un público literalmente cautivo y presa fácil de la economía de los clics.

Después de años de tragar libros y podcasts de ciencias y política, cuando oí en CNN la noticia de este virus en China, le puse atención. Cuando el encierro llegó a mediados de marzo del 2020, yo ya estaba más que lista para irme a trabajar a la casa. Lo que nadie me dijo fue que otro virus entraría, por las pantallas grandes y chicas, y que infectaría a todo tipo de gente. A mi familia. A los chats de la colonia. A los amigos de mis amigos. Y contra este mal de las conspiraciones no pareciera haber vacuna alguna.

Nadie parece saber por qué algunas personas son susceptibles a unirse a estos grupos y otras no. No tiene nada que ver con el nivel educativo, el estatus social, o la cantidad de dinero en el banco. A los que vemos desde fuera cómo estas enredadas e inverosímiles historias atrapan a los que están adentro, solo nos queda intentar, con todas nuestras fuerzas, arrancarlos de estos agujeros de conejo que poco o nada tienen que ver con la realidad.

Es como ver al vecino enviarle dinero al Príncipe de Nigeria porque honestamente cree en el engaño de que le devolverán su dinero con creces—excepto que mañana será el Príncipe de China, pasado la Reina de Noruega, y mi vecino enviará una y otra vez su dinero, porque seguro esta vez sí será verdad. Es lo mismo con las conspiraciones que prometen cosas que nunca pasan, pero ¡Quién puede recordar las diez conspiraciones del mes pasado cuando el mundo va a arder esta vez sí, en serio, créanlo! Aunque solo se van a salvar si ven este video hasta el final.

A mí que me tachen de loca, pero si la misma cosa que me prometieron no se cumple después de la segunda o tercera vez, ya no me verán por aquí esperando a que ocurra un milagro.

Ya perdí la cuenta de cuántas veces han dicho estos videntes y profetas que se va a acabar el mundo—la más reciente el año pasado, cuando la Tierra iba a vibrar a la quinta dimensión y todo iba a ser un paraíso. Ya ni me enojo cuando me dicen que claro que sí vibramos, solo que no te diste cuenta.

Lo que sí me da es miedo. Miedo de las decisiones que toman millones de personas sobre sus vidas que eventualmente impactarán en la mía. Miedo de lo que las generaciones venideras aprenderán de sus padres. Miedo del mundo tan lleno de mentiras en el que nadie confía en nada, pero igualmente no quiere hacer el trabajo de ir a informarse. Después de todo, no veo a ningún antivacunas ir a sacar su carrera de medicina para decir, categóricamente, que la ciencia detrás de las vacunas realmente es una farsa.

Al igual que el COVID, las conspiraciones se volvieron endémicas. Y al igual que el virus, mutan, se adaptan a los tiempos, y se transmiten de persona a persona por las pantallas que todos conocemos. Son nuevos los miedos, pero viejas las tácticas: elige una población vulnerable, como los migrantes. Inventa algo escalofriante, como que se comen a los perros. Dilo tantas veces que la mentira suene a verdad. Y repite.

En nuestro mundo digital, la atención es la moneda con la que pagamos la entrada al internet. Los anuncios, los videos que vemos completos, los artículos a los que les damos clic, todos dependen de nuestra atención. Así que no es de extrañar que, de todas las emociones que nos atraen a mover nuestra atención de un lado al otro, son la ira y el miedo las que más consumimos—y las que nos consumen por igual.

En esas primeras semanas, cuando el virus de la conspiración llegó por todos lados a mi puerta—la real y la virtual—yo creí, ciega y tontamente, que lo único que estas personas necesitaban eran entender los hechos. Era saber cómo realmente funcionaban las cosas. Pronto me di cuenta de que era yo contra la avalancha, y que no importaba qué hiciera, gritara, o mostrara, nunca pero nunca iba a ganar.

Cuando alguien me dijo que si por ella fuera no me dejaría tomar mis pastillas diarias de la tiroides—sin las cuáles tendría una muerte larga y agonizante gracias a una tiroides inservible—me dio escalofríos. En su mundo, todo lo relacionado a las farmacéuticas era maligno, todas las medicinas una estafa, y todas las pruebas que refutaran ese hecho, una mentira.

Pasé años con ese frío en el corazón.

De ahondar en el tema, fui armando un rompecabezas un tanto borroso y astillado en las orillas, pero finalmente entendí lo que mueve a estas personas: es el miedo a no enterarse más la idea de saber. “Si yo sé, tengo poder. Tengo cómo controlar la situación. Nadie me va a engañar. Yo soy especial.”

Tal vez no las cuatro juntas, pero ciertamente más de alguna de estas ideas mueven a las personas a seguir buscando más videos, más YouTuberos, más “señales” que corroboren lo que ellos saben. Al final del cuento, las conspiraciones son como las Pringles: a que no puedes comer solo una—aun cuando comerlas te hace daño, no digamos en exceso, día y noche, año tras año.

No importa quién me lo diga, ni sus credenciales ni su historial ni su intensión, seguro que esta persona en las redes sociales sabe. Eso es todo lo que importa.

Lo otro que entendí es que, en general, estas personas buscan el bien. El bien de su familia, el bien de tomar las decisiones correctas. El bien de evitarme el engaño de las pastillas diarias, y sepa Dios cómo sigo viva si esas cosas son solo mentiras.

En la línea invisible que divide mi casa, mis conocidos, mis compañeros, ambos queremos salvar al otro. Hacerlo entender. Si tan solo viera lo que yo he visto, aprendiera lo que he aprendido. Si supiera lo que yo sé.

El entender esto me hace ver con ojos un poco más suaves y oídos menos rígidos las conspiraciones de turno. Porque no es que no existan las conspiraciones—de los gobiernos, de las corporaciones, del crimen organizado—pero no todas pueden ser verdad, ni todas pueden ser un secreto que solo sabe el YouTubero que me tiró el algoritmo.

Es más, casi todas las que caen en mis manos son sumamente fáciles de desarmar. Las mentiras pueden tener sentido si se cuentan del principio al fin, pero rara vez podrán sobrevivir si las cuento del final para el principio. Si les cambio el punto de vista o si agrego un poco de dónde viene el dinero, cuánta gente tendría que estar involucrada para hacerla real, y a quién beneficia. Después de todo, o tenemos gobiernos que controlan al mundo desde las sombras, o tenemos gobiernos incompetentes. No pueden ser ambos.

Al final del día, lo que me desilusiona es no poder llevar luz a estos caminos. Ver, con impotencia y una creciente apatía, las decisiones tan malas que toman en su salud, en sus finanzas, en sus relaciones con los demás. Poco me falta para abrir mi canal de YouTube y decir ¡Créanme! ¡Solo yo puedo salvarlos!

A lo mejor así, solo así, finalmente logre que vean lo que yo sé.

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