LA CIUDAD SE APRENDE DE LA MANO

Un ensayo sobre la confianza, el miedo y las manos que nos enseñan a habitar la ciudad

Karen Sandoval

Tomar la mano

Uno de mis primeros recuerdos de la ciudad es caminar tomada de la mano de mi mamá en camino a la guardería, sentir el olor a pan recién hecho, ver el cielo amaneciendo con los primeros rayos del sol, recoger flores de jacarandas del suelo. Las calles estaban llenas de casas con jardines protegidos por rejas, como si desde pequeña aprendiera que en la ciudad siempre había algo que cuidar y algo de lo que protegerse.

Mis pies pequeños, intentaban mantener el ritmo de sus pasos, me aferraba a su mano, como quien sabe que está segura de que va en buena dirección, unas cuadras antes de llegar a nuestro destino, un perro se saltó la reja del jardín de su casa, y nos ladró de forma amenazante. El instinto protector de mi mamá la hizo reaccionar, tomó mi lonchera y sin dudarlo un segundo, la usó para defenderme del perro. Recuerdo ver los pedazos de plástico rojo desperdigados en la banqueta y el sentimiento de tristeza por haber perdido mi lonchera, pero ese día aprendí algo muy profundo: usar lo que tengamos a la mano para protegernos. Es curioso que uno de mis primeros recuerdos de la ciudad sea caminar junto a mi mamá, enseñándome mi primera lección de resiliencia. Durante años pensé que ese día mi mamá había roto mi lonchera, pero en realidad lo que hizo fue romper la idea de que el miedo es más fuerte.

Soltar la mano

El tiempo pasó y de pronto dejé de escuchar “cuidado con el perro”, vinieron otro tipo de advertencias, “avísame cuando llegues”, “no regreses tan tarde”, “no vayas sola”. Los miedos cambiaron de forma, pero nunca dejaron de apoderarse de las calles de la ciudad. Los semáforos dejaron de ser luces de colores y se convirtieron, en una pausa interminable por la delincuencia que aqueja a mi ciudad. Dejé de sentir el olor a pan y recoger las flores de jacaranda, porque vinieron las responsabilidades, y las prisas por llegar temprano a todos lados.

De alguna forma recuperé la lonchera roja, pero ya no guardaba en ella jugos, galletas, inocencia y asombro, la llené de advertencias, “Aprende a decir que no”, “Mándame tu ubicación”, “Mejor no uses esa ropa”, “No te confíes”.

“No te confíes” es la que resonaba más en mi mente, hubo un tiempo en el que me obsesioné con saber en quién, si podía o no podía confiar, trataba de usar mi intuición, el lenguaje no verbal, buscar señales, una sonrisa, la vestimenta. Pero había algo que no me dejaba totalmente tranquila, ¿así era como debía recorrer las calles de la ciudad? sobre analizando que personas eran de fiar y cuáles no. Después de todo, ¿qué es confiar? Sino tener fe.

Fue allí cuando entendí algo importante, las loncheras pesan más cuando las llenamos de miedos, incluso si ese miedo es si podemos confiar o no.

Un día caminaba por la calle paseando a mi perra, vi un árbol de jacarandas y me agaché a recoger algunas que estaban en el suelo, cuando me levanté, vi a un perro imponente suelto, mi instinto de supervivencia se activó y quise hacer lo posible por alejarlo, pero antes de pensar en mi siguiente movimiento, vi una mano acercarse al collar del perro, y detenerlo, era su dueño. Seguimos caminando, mi perra olfateando la calle y yo pensando que el miedo también se aprende por repetición.

Las frases que guardaba en mi lonchera ya sea por experiencias propias o ajenas, resonaban fuerte en mi cabeza y se habían convertido en mi forma de caminar en las calles, se convirtieron en escudos para sentirme protegida, pero olvidé que la lonchera en si no es nada, si no existe la mano que la toma y la usa, y que también existen manos que toman la correa.

Pero aun así no dejaba de preguntarme ¿cómo vive una mujer con fe en una ciudad que constantemente le enseña a desconfiar?

Por un momento dejé de contar mis pasos, de calcular el tiempo de llegada, me dediqué más a disfrutar los paisajes, y algunas veces incluso me arriesgué a manejar sin el GPS, a comer en lugares nuevos, a quedarme un poco más tarde.

Mi lonchera se empezó a llenar de posibilidades y no solo de advertencias, algunas veces acerté en mis destinos, conocí calles y casas nuevas, repetí rutas. Y otras veces supe que algunas calles es mejor no volverlas a transitar. Sin ser consciente de ello mi lonchera se hizo más liviana, y más fácil de llevar, no se sentía como una carga ni como un escudo, sino más bien como una historia que podía escribir su propio final.

Las señales de alto ya no se sienten como finales sino como pausas, y pasarse una calle, ya no es un atraso sino la posibilidad de cambiar de dirección.

Ser la mano

Las calles de mi ciudad no dejaron de ser incertidumbre, aún no sé cómo llegar a algunos lugares, todavía pido indicaciones y tomo mis precauciones.

Aun así, la calle donde estaba el perro quizá ya ni existe, o el perro murió. Pero yo ya no soy la niña que necesitaba una lonchera como escudo.

Ahora soy yo caminando por las calles de mi ciudad, enfrentándome a los mismos peligros externos, aunque quisiera que no fuera así, siguen existiendo, aún hay perros y quizás aún hay miedo, pero también hay algo más importante, fe.

No voy sola, alguien de pasos pequeños me toma de la mano, ya no llevo la lonchera, pero le cargo la mochila y se la entrego a la monitora del bus, a otra mano amiga.

Quizás ese fue el mensaje de mi mamá, no el perro, ni siquiera la lonchera, sino la mano.

Tender la mano

Durante mucho tiempo pensé que la ciudad era el concreto, el tráfico, el ruido de carros, el olor a humo, la delincuencia, la imaginaba hasta en tonalidad de grises. Hoy, cuando pienso en mi ciudad, me imagino una comunidad llena de colores, los tonos pastel de las casas, el morado en las jacarandas, el azul del cielo que a veces olvidamos ver, el olor a pan de las panaderías de barrio, el sonido de los pájaros y la risa de un niño jugando en la calle.

Quizá la ciudad nunca termina de aprenderse. Siempre habrá calles desconocidas, semáforos interminables, señales de alto y rutas que nos obliguen a cambiar de dirección. Pero mientras existan manos dispuestas a guiarnos, ninguna ciudad será solamente concreto. Será el lugar donde alguien nos enseñó a cruzar la calle, donde un día aprendimos a soltar una mano y, casi sin darnos cuenta, descubrimos que ya estábamos listos para ofrecer la nuestra. Tal vez nunca fue la lonchera roja. Siempre fue la mano.

Una Voz en el Bolsillo

Esta es una revista dedicada a publicar ensayos, crónicas y relatos que inviten a la reflexión, la curiosidad y el diálogo. Cuando tengas media hora libre, aquí hay una historia esperándote.

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