ESOS CONSEJOS QUE MATAN...

…la pasión, la creatividad, la gana de hacer

Michelle Arzú

En una lluviosa tarde de septiembre, salí de mi última clase del día de la universidad hacia la parada de bus. Había olvidado la sombrilla y simplemente pasé del pasillo techado a la calle al despoblado sin cambiar de ritmo. Me iba a mojar, qué remedio.

Sin que yo lo supiera, otra persona me siguió por detrás, él sí con sombrilla, hasta que llegamos un poco a destiempo a la parada techada. De ahí resultamos entablando una bonita amistad.

Tres meses después me diría, con mi manuscrito en mano y toda la seriedad del mundo, que no debía empezar a escribir nada hasta que tuviera experiencia de vida.

Cada vez que alguien me pregunta cómo empezar a escribir, o cuál es el mejor consejo que les puedo dar para sentarse y armar una historia, les cuento en cambio esa historia, de cómo llegó a mí el peor consejo que me dieron, el que me hizo dejar de escribir por seis meses y dudar de si algún día debía atreverme a intentarlo de nuevo. Después de todo, ¿cuánto tiempo debía esperar antes de empezar a escribir? ¿Cuándo tiene uno suficiente experiencia de vida?

Escribí mi primer intento de historia a los nueve años, y no retomé la pluma hasta los dieciséis. Para cuando me advirtió mi amigo a los veinte que no tenía suficiente experiencia para siquiera empezar, me derrumbé.

Los escritores somos criaturas frágiles cuando empezamos—y algunos lo seguimos siendo aun cuando ya llevamos años—lo que hace que seamos sumamente sensibles a las críticas de los demás. No sabemos diferenciar entre los buenos y los malos consejos, y creemos que vamos a entender a la primera los misterios que hacen a una historia amena. La primera vez que nos enfrentamos a la crítica seria, suele ser un evento que nunca olvidaremos.

En algún lado leí que el 97% de quienes deciden empezar una historia nunca la terminan. Habrá allá afuera un millón de escritores que no pudieron con la autocrítica, y un millón más que descubrieron las carencias de sus escritos gracias a un comentario insensible. Y desarmados ante los consejos que nos desvían de nuestros sueños y mundos paralelos, es fácil ver por qué el número es tan alto.

Quizá, entonces, el peor consejo que yo podría dar es: “no escribas nada porque te va a doler”.

Probablemente, después de enfrentarnos a la página en blanco, lo más difícil para la mayoría de los escritores nuevos es mostrar su trabajo. Dejar ir un pedazo de su alma en la palabra escrita y esperar que la otra persona lo trate con cariño.

Habrá quien diga que no debes tomar las reseñas en serio, ni las buenas ni las malas, pero es de humanos el querer saber qué piensan los demás y es igualmente humano sentirnos heridos cuando a alguien no le gustó. Es difícil afrontar que nuestra obra no le va a gustar a todo el mundo—y mucho menos admitir que necesita un par de revisiones más.

Diferenciar entre la corrección válida y la sugerencia bien intencionada es un arte que debe desarrollarse en la marcha. Allá afuera se encuentran fácilmente miles de consejos sobre cómo estructurar una historia, desarrollar personajes, y crear mundos imaginarios. De lo que no hay mucho es cómo recuperarse de los consejos después de que estos nos destrozan por dentro.

No por nada tengo guardado en un documento aparte la mejor reseña que una lectora me ha dejado, justo para esos momentos desmotivadores, cuando la mente está en blanco y no sabes si realmente tienes otra historia dentro de ti.

Muchos grandes escritores cuentan historias sobre cuántas veces los rechazaron antes de encontrar la editorial que finalmente los lanzaría a la luz. El rechazo, como ellos bien dicen, es parte del camino.

También lo es la edición, la revisión, las críticas de nuestros primeros lectores, y ciertamente mucha humildad para aceptar que el proyecto en cuestión aún necesita trabajo. Es más, para ser honestos, todas las partes del proceso de escribir vienen con muchos consejos adjuntos.

Es fácil ver que estas sugerencias vienen empaquetadas de todos las formas, tamaños y colores. Algunas sirven para ciertos escritores, otras nos paralizan las ganas de contar las historias que llevamos dentro. Escribir se puede volver un proceso muy técnico e inalcanzable. En realidad, tal vez la parte más difícil de escribir es entender a quién debemos escuchar.

Para cuando escribía mi primera novela formal, una de mis lectoras beta me mandó una nota que simplemente decía: “este personaje debe decir tal cosa.”

No era una sugerencia. El problema era que tampoco era algo que ese personaje en particular diría. En los siguientes días, se volvió una batalla de voluntades el tratar de convencer la una a la otra de lo válido de nuestras posiciones.

La línea no la agregué. A ella no le gustó.

El problema con los consejos que nos matan es que vienen de personas que queremos, que admiramos, o en quien confiamos. Quien me dijo que no escribiera hasta tener experiencia de vida, por más incongruentes sus palabras, venía de una creencia arraigada de que solo había una manera de empezar. Él escribía también, en otro género, de otra manera, con una voz que para mí era sumamente tediosa.

Nunca supe si publicó. Obviamente, yo nunca fui su público objetivo.

Sin embargo, más allá de los consejos de estilo y estructura, antes de escribir su primera palabra, muchos escritores deben enfrentar los consejos que preceden a las novelas: no te vuelvas escritor porque jamás te dará una carrera, nunca llegarás a nada concreto, y olvídate de tener éxito financiero.

Ciertamente, un escritor ya establecido será el primero que dirá que uno no abandone su trabajo de oficina. Como todas las artes, es difícil conseguir las metas que otras profesiones ofrecen y que la sociedad eleva como exitosas. No serán pocos los escritores que le roben minutos a sus días para escribir una línea aquí y una escena allá, sin nunca proponerse el escribir formalmente, mucho menos pagar las cuentas con sus ganancias.

Es fácil decir que al escritor empedernido nada lo detendrá, pero hay que cuidar de él. Son muchos los que se quedan perdidos entre los consejos de otros, en las palabras de los grandes escritores, en las conversaciones con los amigos.

Más allá de buscar consejos de escritura, el escritor es aquel que escribe. Lo hará mal en un principio, sin finesa y con mil incoherencias, pero así se empieza siempre. Del ejercicio de escribir, reescribir y editar vendrán las ideas correctas, las estructuras con sentido, la dirección a seguir.

Nada más importa para empezar. Todo lo demás vendrá con el tiempo.

Una Voz en el Bolsillo

Esta es una revista dedicada a publicar ensayos, crónicas y relatos que inviten a la reflexión, la curiosidad y el diálogo. Cuando tengas media hora libre, aquí hay una historia esperándote.

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